Noticias País, Managua (Nicaragua).
El volcán Masaya, uno de los más activos y enigmáticos de Centroamérica, es conocido desde tiempos precolombinos como “la boca del infierno”. Ubicado a solo 20 kilómetros de la capital nicaragüense, este coloso natural ha fascinado y aterrorizado a viajeros, científicos y pobladores durante siglos por su actividad constante y su impresionante lago de lava visible desde la superficie.
Con una altitud de 635 metros sobre el nivel del mar, el Masaya forma parte de una extensa cadena volcánica que atraviesa el territorio nicaragüense de norte a sur. Su cráter principal, llamado Santiago, emite columnas de gases y resplandores incandescentes que iluminan la noche, convirtiéndolo en uno de los pocos volcanes del mundo donde es posible observar directamente el magma en ebullición.

Antes de la llegada de los colonizadores, las comunidades indígenas veneraban al volcán como una deidad poderosa. Según los cronistas, los pueblos chorotegas y nicaraos ofrecían ofrendas para calmar su furia, convencidos de que el fuego provenía del inframundo. De ahí surgió el nombre ancestral de “Popogatepe”, que significa “montaña que quema”.
En el siglo XVI, los conquistadores españoles quedaron impresionados por su ferocidad. El fraile Francisco Bobadilla lo bautizó como “la boca del infierno”, y colocó una gran cruz de madera —conocida como la Cruz de Bobadilla— en el borde del cráter, en un intento por “exorcizar” el fuego que emergía del interior de la tierra.
Desde entonces, el Masaya ha sido escenario de mitos, supersticiones y leyendas que combinan la espiritualidad indígena con la fe cristiana.
En 1979, el área fue declarada Parque Nacional Volcán Masaya, convirtiéndose en el primer parque natural protegido de Nicaragua. Abarca más de 5.000 hectáreas de terreno volcánico, bosques secos, lagunas y campos de lava.
Dentro del parque se encuentran cinco cráteres principales: Santiago, Nindirí, San Pedro, San Fernando y San Juan, junto a varios domos secundarios y fumarolas activas. La caldera más antigua se formó hace más de 6.500 años tras una gran erupción explosiva.

Hoy, el sitio es un destino turístico y científico de relevancia internacional. Investigadores del mundo entero llegan para estudiar los procesos geológicos, los gases y la actividad magmática del volcán, que ofrece una ventana única al interior de la corteza terrestre.
El cráter Santiago es famoso por su lago de lava permanente, una rareza geológica compartida solo por unos pocos volcanes activos del mundo, como el Kilauea en Hawái o el Nyiragongo en África.
De noche, el resplandor rojizo del magma convierte al paisaje en un espectáculo natural sobrecogedor. Los visitantes pueden acercarse en vehículo hasta la cima del cráter, desde donde se observa el fuego líquido a solo metros de distancia.
El Instituto Nicaragüense de Estudios Territoriales (INETER) mantiene un monitoreo constante de su actividad. Aunque el Masaya presenta erupciones frecuentes de baja intensidad, sus emisiones de gases y cenizas son controladas mediante sistemas de vigilancia sísmica y térmica.
Desde tiempos coloniales, el volcán ha registrado más de 20 erupciones significativas. La más destructiva ocurrió en 1772, cuando un flujo de lava descendió varios kilómetros y amenazó a poblaciones cercanas.
En la década de 1960, nuevas explosiones lanzaron cenizas sobre la ciudad de Masaya y Managua, mientras que en 2012 una emisión súbita de gases obligó a evacuar temporalmente el parque.
Pese a su peligrosidad, el Masaya nunca ha sido abandonado. Los pobladores de la zona conviven con él como parte de su identidad. “Aquí el volcán nos da miedo, pero también nos protege”, dicen los lugareños, conscientes de que la tierra fértil y los paisajes que los rodean existen gracias a la actividad volcánica.
El Parque Nacional recibe cada año miles de visitantes nacionales y extranjeros. Su mirador principal, a 400 metros del cráter, ofrece vistas únicas del lago de lava y del entorno natural.
Además del atractivo geológico, el parque es hábitat de una variada fauna, que incluye murciélagos, coyotes, iguanas, venados y más de 200 especies de aves. Al atardecer, cientos de murciélagos salen de las grietas del volcán, ofreciendo un espectáculo natural inigualable.
El recorrido turístico incluye el Museo del Volcán Masaya, donde se exponen maquetas, fotografías y muestras de roca fundida. Desde allí, guías locales explican la historia del sitio y las medidas de seguridad.
Para los nicaragüenses, el Masaya no es solo una atracción natural, sino un símbolo de fuerza y resistencia. Representa el poder creador y destructivo de la naturaleza, y es fuente de inspiración para poetas, artistas y músicos del país.
En su entorno, se realizan eventos culturales y documentales científicos. Su imagen aparece con frecuencia en campañas turísticas que muestran a Nicaragua como “la tierra de lagos y volcanes”.
A pesar del avance tecnológico, el volcán Masaya conserva su misterio ancestral. Las noches en su cráter iluminado evocan las mismas emociones que sintieron los antiguos pobladores: temor, asombro y respeto por la fuerza del fuego.
Hoy, los científicos lo consideran un “infierno abierto” y al mismo tiempo un laboratorio natural indispensable para comprender los procesos geotérmicos del planeta.
Bajo su superficie palpita un río de magma que conecta la historia con la ciencia, recordando que en el corazón de Nicaragua la tierra aún respira fuego.
