Yosper, San José (Costa Rica).
Desde 1949, Costa Rica es reconocido mundialmente como el único país de América Latina sin ejército permanente, una decisión histórica que transformó su destino político y social. La abolición de las fuerzas armadas no fue un acto simbólico, sino una apuesta consciente por la paz, la educación y el bienestar nacional, que definió el carácter del país durante más de siete décadas.
La decisión fue proclamada el 1 de diciembre de 1948, cuando el entonces presidente de facto, José Figueres Ferrer encabezó un acto solemne en el Cuartel Bellavista, en San José. Durante la ceremonia, Figueres tomó un mazo y demolió parte del muro del edificio, declarando la eliminación del ejército y anunciando que sus recursos serían destinados al desarrollo social. Ese momento quedó grabado como uno de los más trascendentes en la historia centroamericana.

El gesto fue ratificado meses después, el 7 de noviembre de 1949, con la promulgación de la nueva Constitución Política de Costa Rica, cuyo Artículo 12 establece que “se proscribe el ejército como institución permanente”. Desde entonces, la seguridad nacional quedó en manos de cuerpos civiles bajo control del Ministerio de Seguridad Pública, encabezados por la Fuerza Pública de Costa Rica.
La medida surgió como consecuencia directa de la Guerra Civil de 1948, un conflicto interno breve, pero devastador que se originó tras la anulación de unas elecciones presidenciales. Con aproximadamente dos mil víctimas, la contienda marcó un punto de inflexión en la historia nacional. Al finalizar la guerra, la Junta Fundadora de la Segunda República, presidida por Figueres, decidió reestructurar el Estado costarricense y eliminar cualquier posibilidad de militarismo futuro.
Desde entonces, los fondos que antes se destinaban al sostenimiento de las fuerzas armadas fueron canalizados hacia áreas prioritarias como la educación, la salud, la infraestructura y la cultura. Esta redistribución de recursos permitió a Costa Rica consolidar indicadores sociales superiores a los del resto de la región, con una tasa de alfabetización cercana al cien por ciento y uno de los sistemas educativos más sólidos del continente.
La abolición del ejército también influyó en la identidad política del país. Costa Rica adoptó una política exterior pacifista y diplomática, apostando por el diálogo y la cooperación internacional como mecanismos de resolución de conflictos. En el ámbito regional, se convirtió en mediador activo en procesos de paz en Centroamérica, reforzando su imagen de nación democrática y estable.
No obstante, la decisión de eliminar el ejército no implicó la ausencia total de defensa nacional. La Constitución permite, en casos excepcionales, la creación temporal de cuerpos armados con fines específicos. Además, la Fuerza Pública, junto con unidades como la Policía de Fronteras y el Servicio de Vigilancia Aérea, se encarga de garantizar la seguridad interna, combatir el narcotráfico y resguardar el orden público.

En sus más de setenta años sin ejército, Costa Rica ha enfrentado desafíos externos e internos sin recurrir a una estructura militar. En 1955, por ejemplo, repelió una invasión promovida por exiliados desde Nicaragua con apoyo civil y policial, demostrando la eficacia de su sistema de seguridad basado en la cooperación ciudadana y la diplomacia regional.
Cada 1 de diciembre, el país celebra el Día de la Abolición del Ejército, una fecha que se conmemora en el antiguo Cuartel Bellavista —actual Museo Nacional de Costa Rica— como símbolo de libertad y paz. En este acto se recuerda la promesa de Figueres: que “los soldados serían reemplazados por maestros y los cuarteles por escuelas”.
El modelo costarricense ha sido objeto de estudios internacionales por su impacto económico y social. Diversos organismos destacan que, gracias a la ausencia de un gasto militar elevado, Costa Rica ha podido destinar más del 7 % de su PIB a la educación y cerca del 8 % a la salud, cifras que la colocan entre los países más avanzados de América Latina en desarrollo humano.
A nivel cultural, esta política de paz se ha convertido en parte esencial del orgullo nacional. En las aulas, los niños aprenden desde pequeños que Costa Rica no tiene ejército y que su seguridad se basa en la justicia, la educación y la cooperación. La bandera nacional, sin armas que la custodian, se sostiene sobre la convicción de que la paz es una forma superior de defensa.
En la actualidad, Costa Rica continúa siendo un ejemplo en el mundo por su estabilidad democrática y su compromiso con la paz. Mientras otros países invierten miles de millones en armamento, esta nación ha demostrado que el desarrollo sostenible y el bienestar ciudadano pueden florecer sin la presencia de una institución militar.
Setenta y cinco años después de aquella decisión histórica, Costa Rica sigue defendiendo su soberanía con educación, diplomacia y derechos humanos. Su modelo ha inspirado a organismos internacionales y se ha convertido en símbolo de que la verdadera fortaleza de un país no reside en sus armas, sino en su capacidad de construir paz.
