Yosper, Ciudad de Panamá (Panamá).
La Carretera Panamericana es una de las obras de ingeniería más extensas y emblemáticas del continente americano. Atraviesa todo el istmo centroamericano, conectando países, culturas y economías a lo largo de miles de kilómetros que enlazan América del Norte con América del Sur, convirtiéndose en la columna vertebral del transporte terrestre del hemisferio.
Con una longitud aproximada de 30.000 kilómetros, este corredor vial inicia en Alaska (Estados Unidos) y se extiende hasta el sur de Chile y Argentina, pasando por México, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá, antes de interrumpirse en la selva del Darién, el único tramo no pavimentado que impide la conexión directa entre el continente suramericano y centroamericano.

Su construcción comenzó a mediados del siglo XX como un proyecto de cooperación interamericana. El objetivo era unir el continente con una vía continua que impulsara el comercio, el turismo y la integración regional.
Un proyecto de integración continental
La idea de una carretera que uniera las Américas surgió formalmente en 1923 durante la Quinta Conferencia Internacional de los Estados Americanos en Santiago de Chile. Varios países, entre ellos Estados Unidos y México, promovieron la iniciativa para facilitar el transporte y fortalecer la cooperación hemisférica.
En 1937 se firmó la Convención sobre la Carretera Panamericana, en la que participaron todos los países del continente. El acuerdo establecía los estándares de construcción, el trazado aproximado y los compromisos financieros. Desde entonces, cada nación asumió la responsabilidad de desarrollar el tramo correspondiente dentro de su territorio.
A lo largo del istmo, la Panamericana atraviesa seis países: Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá. Cada uno de estos tramos constituye una arteria vital para el transporte de mercancías, alimentos y personas.

En Guatemala, la carretera parte desde la frontera con México, recorre las tierras altas y conecta con Ciudad de Guatemala, donde se bifurca hacia El Salvador y Honduras.
En El Salvador, recibe el nombre de Carretera CA-1, y atraviesa de occidente a oriente el país, desde Ahuachapán hasta La Unión, enlazando importantes polos económicos y turísticos.
En Honduras, conecta las ciudades de Choluteca y Tegucigalpa, cruzando por regiones montañosas. En Nicaragua, pasa por Somotillo, León, Managua y Rivas, antes de alcanzar la frontera con Costa Rica.
El tramo costarricense, considerado uno de los más modernos del istmo, une Peñas Blancas, San José y Paso Canoas, siendo esencial para el comercio con Panamá. Finalmente, en territorio panameño, la vía recorre desde David hasta Ciudad de Panamá, donde se detiene abruptamente en la densa Selva del Darién, frontera natural con Colombia.

La brecha del Darién es el único punto en los casi 30 mil kilómetros de carretera donde la conexión terrestre se interrumpe. Se trata de un tramo de unos 100 kilómetros de selva tropical, manglares y pantanos que separa Panamá de Colombia.
A pesar de múltiples propuestas internacionales para construir un paso, el proyecto ha sido pospuesto por razones ambientales, sociales y de seguridad. La zona es hábitat de especies protegidas y hogar de comunidades indígenas como los emberá y wounaan, que se oponen a la apertura de la carretera por el impacto ecológico y cultural que podría generar.
Esa interrupción convierte al Darién en uno de los ecosistemas más biodiversos y a la vez más peligrosos del continente. Por allí atraviesan hoy miles de migrantes que buscan llegar a Norteamérica, enfrentando condiciones extremas.
La Panamericana ha sido clave para el desarrollo económico de Centroamérica. Gracias a ella se facilita el transporte de productos agrícolas, manufacturas, combustibles y materiales de construcción, reduciendo costos logísticos y tiempos de traslado.

También ha impulsado el turismo terrestre, permitiendo el flujo de viajeros entre países vecinos y fomentando el intercambio cultural. Ciudades como San Salvador, Managua, San José y David se han convertido en centros estratégicos por su conexión con la ruta.
Además, la carretera es fundamental para la integración regional del Sistema de la Integración Centroamericana (SICA) y la facilitación del comercio dentro del Tratado de Libre Comercio entre Centroamérica y Estados Unidos (CAFTA-DR).
Aunque su importancia es indiscutible, la Panamericana enfrenta serios desafíos. Muchos tramos presentan desgaste, falta de mantenimiento, congestión y deficiencias de seguridad vial. En temporada de lluvias, varios sectores son propensos a deslizamientos y deterioro estructural.
Organismos como el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) han financiado proyectos de mejora, ampliación y señalización para mantener su operatividad.

En los últimos años, los países del istmo han impulsado la modernización del Corredor Pacífico Centroamericano, que busca convertir la Panamericana en una autopista más eficiente, con mejores estándares técnicos y sistemas de control fronterizo integrados.
Más allá de su función económica, la Carretera Panamericana representa la unidad del continente americano. Es un símbolo del esfuerzo colectivo de más de una veintena de naciones por mantener una conexión física y cultural a lo largo de miles de kilómetros.
Su existencia ha permitido consolidar redes comerciales, fortalecer la movilidad humana y facilitar la cooperación regional. En cada país, la Panamericana tiene distintos nombres y particularidades, pero en conjunto forma parte de un mismo sistema que enlaza el norte, el centro y el sur del continente.
Los planes de expansión y modernización incluyen la digitalización de controles fronterizos, el impulso de rutas seguras para el transporte de carga y la adaptación de tramos para vehículos eléctricos. Algunos proyectos contemplan incluso la construcción de puentes fronterizos binacionales y la mejora de rutas alternas.
Aunque la conexión completa hasta Sudamérica sigue interrumpida por el Tapón del Darién, la Panamericana continúa siendo una de las mayores obras de integración física del planeta.
Más de un siglo después de su concepción, la carretera sigue siendo una arteria viva del continente americano, testigo del movimiento constante de personas, mercancías e historias que recorren su asfalto desde Alaska hasta el corazón de Panamá.
Así, la Carretera Panamericana no solo une geografías, sino también pueblos y esperanzas, recordando que América, de norte a sur, está conectada por un mismo camino.
